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Por: Matheo Gelves – @TheoGelves

Sátira: El riesgo es que te puedan morder.

Un celular vibraba sobre la mesa. César Millán detuvo su sesión de adiestramiento para responder la llamada. Al otro lado de la línea se escuchaban fuertes ladridos, y una mujer que intentaba hablar en medio del alboroto. Casi en llanto y gritando la mujer dio su nombre; se llamaba Esperanza y le pedía ayuda al reconocido “encantador de perros”, suplicándole que agarrara el primer vuelo con dirección hacia su país con el fin de solucionar una fuerte crisis por la que pasaban. La mujer le comentaba que en su país existían cifras alarmantes de rebeldía de los canes hacia sus dueños, y éstos últimos, desalentados, creían no poder nunca más re-educar a sus perros. Al finalizar la angustiante llamada, Millán, horrorizado, accedió a ayudar a aquel pobre país que lo había conmovido tanto con su situación.

A las pocas horas, luego de haber hecho sus maletas, Millán –que también se hace llamar a sí mismo el “líder de la manada”- emprendió motivado su camino hacia aquel país que había solicitado con tanta urgencia sus servicios.

Luego de permanecer casi veinte horas en la sala de espera, pues la aerolínea que le había vendido los tiquetes para su viaje se encontraba en paro de trabajadores, el Encantador de Perros pudo al fin llegar a su destino acompañado de su fiel perro Junior. Sin embargo, justo a la salida de la sala de equipaje un guardia de seguridad lo detuvo explicándole que tenía que decomisar a su mascota, pues los Pitbull no eran permitidos en la ciudad sin su bozal. A pesar de que Millán intentó explicarle quién era y dar cuenta de la maravillosa conducta de su perro, el pobre Junior terminó siendo enviado injustamente a Zoonosis, donde su dueño tendría que reclamarlo en un plazo determinado, antes de ser asesinado y convertido en salchichas.

A los pocos minutos Esperanza llamó a Millán para explicarle cómo llegar al centro de la ciudad y, posteriormente a la ostentosa sede del Poder Judicial del país. Además le brindó información para reclamar a su mascota, pidiéndole el favor de que saludara a una tal Ingrid de su parte cuando llegara.

Al llegar a Zoonosis Millán rescató a su perro y preguntó luego por Ingrid. Lo condujeron hacia una celda donde se encontraba recluida una perrita. Al parecer no había comido hace mucho, se notaba débil y delgada. Su pelaje se encontraba en muy mal estado, no se sabía con certeza qué raza se escondía tras esa selva de pelo. El funcionario de la perrera le comentó que Ingrid era una perrita terca que fue traída por un grupo armado ilegal que la encontró en una zona rural. La perra había pasado varios años en la celda, sin embargo nadie quiso adoptarla.

La mirada triste y perdida de Ingrid conmovió tanto a Millán que decidió sacarla de su encierro y darla en adopción a algún amigo suyo. A los pocos días se supo, luego de quince baños de espuma y varias sesiones de peinado, que la perrita era en realidad una refinada French-Poodle y que ya estaba viviendo feliz en su lugar de origen. Sin embargo, Millán también se enteró sorpresivamente de que Ingrid había interpuesto una demanda en su contra al poco tiempo de haberla rescatado.

Luego de varias horas de tráfico y de ver sorpresivamente a un gran número de animales al volante, Millán llegó a la zona de Poder Judicial. Al entrar no pudo evitar abrir la boca con estupefacción. En su rostro se percibía el horror y el asombro de la escena que estaba observando: una gran cantidad de perros andaban de un lado a otro por todo el lugar, vistiendo sus trajes y maletines de negocios. Una mujer se acercó afanosamente para presentarse, era Esperanza, y se ocupaba como secretaria del despacho.

La sorpresa fue aún mayor cuando llegó a la oficina del Alcalde junto con la mujer. Al abrir las grandes puertas, Millán se topó con un pequeño Pug de gafas y ojos saltones que arrastraba su trasero sobre todo el alfombrado de la habitación ayudado por sus patas delanteras. El Alcalde ni se dio por enterado de la llegada del Encantador y siguió con su labor mientras jadeaba con la lengua afuera. Esperanza explicó serenamente que en parte de su jornada laboral, el Alcalde se dedicaba a realizar esta particular actividad y que una conducta característica de casi todos los perros Alcaldes era que tenían la mala costumbre de esconder o desaparecer todo lo que se les daba: Varas, pelotas, medias, huesos, recursos públicos, entre otros.

Antes de comenzar su entrenamiento canino especializado, el Encantador de Perros decidió que primero echaría un vistazo al resto del lugar y al resto de los perros. Mientras caminaban hacia la siguiente sala, Millán notó que en los pasillos no se hacía sino rumorear; los chismes iban y venían, y fue imposible evitar escuchar algunos. Se comentaba que habían desórdenes en las conductas e impulsos sexuales de algunos perros, pues hacía poco habían encontrado a un perro de la DEA pegado a la perrita Dania en un cuadro desgarrador e impactante. Además se decía que el perro presidente de un país cercano resultó con tres penes, porque se le multiplicaron.

El hedor de los perros y del lugar era insoportable, así que Millán decidió asomarse por una ventana y tomar aire fresco. A lo lejos, en la plaza central, se observaba una perra con turbante y algo pasada de kilos que corría tratando de escaparse de varias cámaras y periodistas que la acechaban. Millán, extrañado, le preguntó a Esperanza sobre lo que estaba presenciando. Ella le respondió que recientemente la perrita se había tirado un pedo, y los medios intentaban conseguir la noticia, pues hasta un pedo de aquella canina era motivo de escándalo, agenda política y noticia para los principales medios del país.

Al poco tiempo se encontraban en la sala de audiencias del congreso. Estaba prácticamente vacía, a excepción de unos pocos perros que defecaban o dormían sobre sus puestos de trabajo, y otros que perseguían con alegría sus colas y se lamían sus partes. Millán intrigado intentó localizar a los demás senadores, pero no se hallaban por ninguna parte. Esperanza explicó que hace algunos días varios de ellos decidieron dejar de asistir hasta no recibir ocho millones de pesos en purina, galletitas y juguetes innecesarios, y que aún después de haberlos recibido se negaban a presentarse al trabajo. La rebeldía de los canes preocupaba cada vez más al Encantador, quien nunca había visto cuadros semejantes en los perros con los que antes había trabajado.

Justo en ese momento se toparon con Roy. La secretaria inmediatamente se arrodilló inclemente para rogarle al Encantador que entrenara a ese animal. Millán lo observó con detalle y con una expresión de descontento le explicó a la mujer que para esa labor habría que contratar al Cazador de Cocodrilos, pues el entrenaba perros… no lagartos. Continuaron su recorrido teniendo cuidado de no pisarle la cola al senador, quien se escabulló rápidamente por un agujero en la pared.

Así fue que por fin llegaron al cuarto de la presidencia. Y sin haber abierto las puertas del lugar, ya las manos de Millán sudaban y apretaban con fuerza los puños, preparándose para afrontar lo que se avecinaba. Adentro se escuchaba un gran alboroto. Empujaron las puertas.

Unas cuantas lágrimas rodaron por el rostro del Encantador al ver la terrible escena: una gran cantidad de perros de todos los semblantes corrían por toda la sala, se subían en los muebles y destrozaban todo lo que encontraban a su paso. Habían varios grupos y manadas en el lugar. Una de ellas mordía ferozmente una bandera con una “C” rompiéndola en pedazos, mientras los miembros de otra manada orinaban sobre otra con una “U” en el centro. Por doquier se observaban manadas de perros y perras mordiéndose y arañándose entre ellos, también ladrando y defecando sobre un sin fin de banderas con todas las letras y colores posibles. En toda su carrera, Millán no había visto un comportamiento parecido.

La secretaria comenzó a hablarle al Encantador sobre cada uno de los perros, cuando de repente sintieron un leve olor a quemado. ¡Pachito acababa de electrocutar a uno de los perros de otra manada! Millán corrió a ayudar al perrito, que ahora tenía un aspecto electrizante de Chow-Chow y aullaba pidiendo auxilio. Pacho era un inquieto y nervioso perrito chihuahua que, según Esperanza, se la pasaba detrás de otro perro, Alvarito, oliéndole el trasero. Algo malhumorada, la secretaria puso a pachito en un bolso, se lo terció como accesorio al estilo Paris Hilton, y acto seguido lo sacó de la sala.

En esas, Millán notó que un par de perros luchaban a muerte. Apresurado dejó al agonizante Chow-Chow en el suelo y se dirigió hacia los feroces canes. Eran un viejo Bulldog Francés y un Beagle ruidoso. El Bulldog intentaba descansar sobre un gran cojín mientras el otro, de pie, intentaba sacarlo del lugar enseñando sus colmillos. En la placa de ambos se leía “Juanma” y “Alvarito”. La secretaria volvió en ese momento y le explicó al Líder de la Manada que el Beagle, Alvarito, había dormido y orinado durante ocho años sobre aquel cojín, y que luego de casi cuatro años aún le resultaba difícil comprender que ahora le pertenecía al Bulldog de cara arrugada, el actual presidente del país.

De repente, al escuchar a Esperanza llamando a Millán por su apodo, Alvarito se dirigió hacia él con furia. Como de costumbre, babas y espuma le chorreaban del hocico. Su intenso y repetitivo ladrido hacía que los tímpanos quisieran explotar. Millán logró comprender al instante que el repentino cambio de conducta de Alvarito hacia él se debía a que el ruidoso Beagle tenía ínfulas de querer ser el único Líder de la Manada. La secretaria le contó también al Encantador que había que hacer algo con la terrible maña de Alvarito de enterrar y esconder los huesos de falsos positivos en el jardín.

El arrugado Juanma, por su parte, parecía muy molesto. Cuando Millán lo examino notó que estaba infestado de pulgas. Una vez mas Esperanza le comentó que éstas eran producto de un reciente Paro Agrario. Las pulgas parecían diminutos campesinos que lo picaban una y otra vez, pero a pesar de la evidente sarna que desarrolló y que lo estaba matando, la conducta de Juanma hacía dar a entender que para él esas tales pulgas y su paro no existían. Millán notó enseguida que una esquina del cojín estaba rota. La secretaria se apresuró a explicarle que un día, mientras Juanma dormía como de costumbre, un perro nicaragüense le arrebató ese pedazo.

El Encantador notó un rastro de trozos de papel rasgado sobre el piso y se encaminó a seguirlo. El rastro terminaba en un viejo sofá. Cuando Millán se agachó para ver lo que había debajo descubrió a un viejo Shar-Pei  -con papada de procurador colgante- destrozando lo que parecía ser la Constitución Política. Nuevamente el horror se apoderó del tan aclamado Líder de la Manada. Entre arcadas le pidió a Esperanza que salieran de la sala, pues las ganas de vomitar al ver el ambiente eran incontenibles, ni en sus aventuras en la selva vivió tan pesada situación.

Al salir, César respiró hondo, contuvo sus lagrimas y miró fijamente a la secretaria.

-Perdone Esperanza, pero no puedo ayudar a su país con la miserable situación que padecen. A lo largo de mi vida me he encargado de entrenar y “encantar” a cientos de perros de todo el mundo, con las peores actitudes que puedan verse. Sin embargo, sepa que éste es un caso distinto. Lo siento, pero no soy la persona que buscan, ni soy de utilidad alguna para solucionar su problema: me he especializado en encantar perros… no bestias.

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