Tags

, , ,

Por: Christina Gómez Echavarría

Mi infancia no fue como la de muchos. No viví en la misma casa años y años. No veía a mis familiares con frecuencia. No tenía mascotas. En los primeros 13 años de vida viví en Bogotá en tres ocasiones diferentes, en Medellín dos, en Filadelfia una, y en Miami otra. Entre una y otra estuve en 11 colegios diferentes antes de cumplir los 13 años; no por mala estudiante, ni por desobediente, simplemente mis papás querían lo mejor, y me cambiaban a colegios mejores. Mis memorias son borrosas precisamente porque no había ninguna constancia. Cuando se vive de esta manera es importante tener una imaginación totalmente afinada.

Por esto nació Juan Pablo, mi primer amigo imaginario. Cuando le presenté a Juan Pablo a mi mamá por primera vez, abrió los ojos y respiró profundo tratando de convencerse de que eso era normal en una niña de mi edad; lo que la preocupaba era que fuera hombre. “¿No te parece lindo, mami?” le pregunté con absoluta certeza de que lo podía ver. Le hice la misma pregunta a mi papá y de inmediato se puso celoso. Juan Pablo tenía pelo negro crespo, era más alto que yo y me amaba. Tenía la risa más contagiosa.

Nos gustaba jugar a perseguirnos en bicicleta, a dibujar extraterrestres, a pasarnos la pelota aunque a él no le gustaba y yo siempre tenía que hacer el doble del esfuerzo. Es el amigo más viejo que tengo, ya que por obvias razones no me acuerdo de la gran mayoría de mis contactos infantiles. Cuando mis papas me regañaban, Juan Pablo siempre estaba ahí para hacerme compañía, para limpiarme las lágrimas y mientras mis papás pensaban que yo estaba “reflexionando” en verdad estaba jugando con mi mejor amigo.

Un día en Medellín, mi papá y mi mamá nos sentaron a mi hermano y a mí en la cocina. “Nos vamos a vivir a Estados Unidos” dijeron. Mi papá iba a hacer un máster, quería que nosotros aprendiéramos inglés y dijo que sería una gran oportunidad de aprendizaje. Yo no me quería ir, no quería otro colegio, no quería dejar a mis amigos (los de verdad), ni mi casa. Corrí por todas partes buscando a Juan Pablo. No estaba en el jardín, ni debajo de mi cama, ni en el estante de arriba de la biblioteca, ni en el bar de la sala.  No lo encontraba en ninguna parte. Seguro estaba jugando a las escondidijas. Pero este no era el momento oportuno, lo necesitaba. Me metí a mi cama llorando, esperando que fuera por mí a conciliarme. No llegó y lo esperé noche tras noche. Nunca volvió. Creo que escuchó cuando mis papás me dijeron que nos íbamos y sabía  que todo iba a cambiar, sabía que no iba a caber en el equipaje, y sabía que nunca iba a aprender inglés.

Lo único es que me hubiera gustado que se hubiera despedido. Simplemente se desvaneció. Fue la primera vez que perdí a un amigo, fue la primera vez que se me rompió el corazón.

Advertisements