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LA FAMOSA MOJARRA

Eran las nueve de la noche de un domingo en Bogotá. Me devolvía con mis papàs de un paseo. Las gotas de lluvia se resbalaban por la ventana y la congestión de Soacha no podía hacer más despedidor el panorama. Fue entonces cuando le solté la frase a mi mamá: “Mami, tengo que llevar un pescado para mañana”. Dije las palabras pasito esperando que el regaño no fuera tan fuerte, pero vi venir la muerte cuando se voltiò y empezó el repertorio de reniegos.

-¿De dónde voy a sacar yo un pescado a las nueve de la noche? ¡Juanita tu como no me avisas antes! – me decía mientras mi papá le hacía coro: -No hay derecho, no hay derecho-

Yo nunca fui irresponsable, pero tampoco era de las que llevaba los lápices marcados ni la agenda perfectamente completa. Estaba en quinto de primaria y era apenas lógico que la piscina me hiciera olvidar la tarea de Biología.

Después de casi diez minutos de regaño limpio, mi mamá optó por hacer lo que cualquier buena mamá a las nueve de la noche haría si su hija le pide un pescado. Nos fuimos para Carulla. Mi mamá se bajó, no me dirigía la palabra y acto seguido no tuvo ningún inconveniente en comprarme una mojarra en bandeja de icopor. Nos subimos al carro y yo quede tranquila. Había logrado bajar a mi mamá a un supermercado a hacerme la tarea.

Pero la alegría de la noche se convirtió en la burla de la mañana. Llegué al colegio con mi bolsita perfectamente marcada (ésta vez sí), y el pescado adentro. Luz Ángela, mi profesora de Biología iba a quedar feliz. Yo lo sabía, yo lo sabía. Caminé por el pasillo orgullosa de mi mojarra. Era grande, brillante y carnosa. No se la quería mostrar a nadie porque les dañaba la sorpresa.

 Entré al salón y de pronto mi cara de satisfacción pasó al horror como cuando alguien está a punto de ahogarse. Laura Rosales, la niña más aplicada del curso, traía un acuario con todas las especies posibles de peces. Desde pez espada hasta un pulpo. Alejandra López también me había ganado. Tenía una bolsita de plástico llena de agua y un caballito de mar nadando. Yo, tenía que ser yo, tenía un cadáver de pescado que olía a caño.

Era evidente. Había hecho mal mi tarea. Fue tal la risa del curso, que no tuve de otra que reírme también y esperar el regaño de mi profesora. Pero Luz Ángela solo soltó una carcajada porque no sabía a quién regañar, si a mí o a mi mamá.

 Por Juanita Vélez Falla

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