Por Ginna Ávila
Mi  papá era un abogado flaco y alto de 1.87 de estatura,  que le ponía música a todo. Por las mañanas  se despertaba para convertirse en cantante profesional de ducha y luego salía corríendo a coger la guitarra para darnos una serenata.

Mi madre  afanada intentaba hacer que de alguna manera papá  desayunara.  Pero a él eso  no le importaba;  a mí tampoco  porque  me fascinaba escucharlo, a veces inclusive hacía intentos de tocar organeta  o acompañaba sus canciones cantando a grito herido.

-¡apúrate cielito, que se nos hace tarde! – Reclamaba   mi madre que es mas bien pequeña y  en esos momentos parecía un  chihuawa ladrándole a un pastor alemán. Papá  no le hacía caso,  en vez de eso le contestaba con una canción de los auténticos decadentes:

-“Por que yo…no quiero trabajar, no quiero ir a estudiar no me quiero casaaaaar. Quiero tocar la guitarra todo el diiiía  y que la gente se enamore de mi  vooooz”-respondía papá guitarra en mano.

-¡Que te apures!- la paciencia se le agotaba a mi madre.

-Tranquila, cielita.- la calmaba papá.

Él entendía que la cosa se iba poniendo seria. Desayunaba encartado, un sorbo de café ,  un rasguño a las cuerdas de la guitarra. Otro sorbo de café , un mordisco al pan, se arreglaba  la corbata  y cantaba  la estrofa de una canción. Al final a mi madre se le colmaba la paciencia  y salía furibunda, mientras él seguía cantando, siempre calmado.

Cuando las cosas se ponían realmente mal yo  tenía concierto acústico de aterciopelados : -“ malo si , sí… malo si no .. ni pregunteeeees…..” papá se saltaba el otro pedazo y seguía cantando “ que si  vengo , que no voyyy que si estoyyyy , que me pierdooooooo”.

Cuando mamá empezaba a desesperarse llegaba lo mejor de todo , mi papá la miraba directamente a los ojos y empezaba a cantar la canción que  la derretía y que pocos conocen.

-“ Perdón por la tristeza y el daño que causé … perdón por que te quieeero , te quieeeero , te quieeeero…. Te quiero amor te quiero, y te quiero mas que ayer…” mi mamá caía rendida, el regaño se acababa de inmediato. Ella, blanquísima  y  bajita  se empinaba  como si tratara de alcanzar el sol,  mientras  él se acercaba a ella para besarla en la boca. Parecían un par de adolescentes.

Entonces entendía porque ella lo llamaba cielo.

Papá murió  en el 2006 y se fue con sus 2 canciones favoritas, la primera : la Samba de la esperanza. La segunda se la metí  escondida en un papelito  dentro del ataúd antes de que lo enterraran. Era la canción que le cantaba a mi madre. Sabía que aunque ella no cantara, también quería  pedirle perdón  si alguna vez lo había herido. Yo solo quise darle ese último regalo,  para que cuando estuviera en eso otro  cielo no se le olvidara de la letra y pudiera enviársela a mamá enredada en el viento.

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