Diego Andrade Jimeno

 

Cuando oigo a la gente opinar sobre las barras bravas se me hace un nudo en el estómago. La mayoría habla con propiedad acerca de aquellos criminales que usan las camisetas de los equipos de fútbol y que el gobierno debería adoptar medidas para erradicar a todos estos desadaptados. Pero la realidad nunca es en blanco y negro, siempre hay grises que obligan a analizar los acontecimientos desde una perspectiva objetiva.

 

 

 

Los hechos ocurridos en Bogotá y que desencadenaron la suspensión del partido más importante del fútbol colombiano, hizo que la opinión pública se fuera encima de los hinchas y sus actividades. Lo que mucha gente ignora es la realidad que viven algunos “barras” y que los jóvenes no tienen más opción que buscar una salida dentro de su realidad social.

 

Lo que realmente es indignante es que ahora todos parezcamos santos y digamos que es una cuestión de desadaptados, que el fútbol es un deporte para vivirlo en paz con la familia y que hay que judicializar a todos los hinchas. La realidad es que los mismos medios de comunicación se encargan de alimentar la agresividad y el odio cuando agigantan una rivalidad deportiva entre estos dos equipos. Cada “superclásico” algunos periodistas deportivos explican porque hay rencor entre hinchas azules y verdes, recordando aquel partido decisivo de cuartos de final en la Libertadores, final de Merconorte, los títulos de Pablo Escobar o los cientos de enfrentamientos entre Comandos Azules y Los del Sur.

 

Durante los ultimos años la violencia esta alejada de los estadios, las agreciones entre barras se presentan en las calles, carreteras y barrios. La solución a la violencia no es cancelar el fútbol o prohibir ingreso de hinchas con camisetas de los equipos, el problema es de todos, de la sociedad. Las familias carecen de inculcación de valores, instituciones educativas en barrios populares no funcionan y las oportunidades de tener vida digna y trabajo son nulas. Las drogas y sentirse identificados con personas de la misma realidad que siguen a un equipo de fútbol es una salida lógica para ellos.

 

Atacar a una persona con la camiseta del equipo rival no es solo una cuestión de intolerancia, hay muchos factores en juego como descargar el odio y sentirse aceptados. En algunas oportunidades para ascender jerarquicamente en busca de poder y algún dinero.

 

Para colmo de males, las mujeres se creen las más sabias en el tema. La gran mayoría piensa que el fútbol es solo un juego y que la gente que se pelea por solo el color de una camiseta es descerebrada. No entienden que algunas personas ven el fútbol y la pasión por sus equipos como la única motivación de vida o que incluso la violencia generada por los barras es una lucha de poderes entre ellos por la plata que reciben de parte de la dirigencia de sus equipos.

 

Pero para los que encontraron el tema de conversación de moda en sus clubes, bares de la T o restaurantes de la 93; después de las muertes de la estación de Transmilenio de Ricaurte, se les debe advertir que aquellos jóvenes no pudieron tener estudio, las pandillas son su única familia y su violencia es producto de un imaginario creado por los medios de comunicación para incrementar el morbo futbolístico.

Advertisements